El lince y los gatos
- Un cuento -
Era pasada la tarde, desde el otro lado de la montaña se podía contemplar la bonita puesta de sol del atardecer.
El otoño dejaba caer sus hojas por el bello paisaje.
El lince bajó al río a beber agua, estaba sediento. Percibió, al otro lado del río, encima de unas ramas de un árbol una pareja de gorriones. Fingió no verlos ya que la sed pudo con él. Estuvo un buen rato bebiendo de la fresca agua. Cuando terminó, levantó la cabeza y ya no estaban.
Empezó su ruta como cada noche en busca de alimento. Era de noche. De lejos oyó un búho.
De repente, se detuvo. No estaba seguro pero le había parecido oír algo, no sabía el que. Se escondió en unos matorrales, inmóvil, esperó y cuando tuvo la mejor oportunidad se avalanzó sobre su presa.
- NOOO, soy un gato, soy un gato! – dijo su presa.
- Cómo? Yo no como gatos, como conejos. Y tú eres un conejo. Y vas a ser mi cena. – dijo el lince.
- Que si, que soy un gato. Soy un gato.
- Eres un conejo, sin duda. Tú silueta es muy gordita, tus patas son pequeñas y gordas y tú pelo, esponjoso, suave y de color azul. Sin duda, eres un conejo.
- Soy un gato soy un gato. Créeme. Te lo voy a demostrar.
El pequeño felino demostró al lince que le decía la verdad, que era un gato. Para demostrárselo le enseñó sus afiladas uñas, le bufó como nunca lo había hecho pero lo que acabó de convencer al lince fueron sus ojos, esa penetrante mirada felina.
Sin duda, era un gato.
- Vete. Me has hecho perder el tiempo. – dijo el Lince.
El gato saltó al árbol más grande que divisó, trepó, trepó hasta la rama más alta. Había tenido suerte. El lince se iba. Se tranquilizó y se quedó dormido, soñando en que cazaba ratones.
El lince se preguntaba como podía a ver caído en ese error. Confundir un conejo con un gato!
De repente, se detuvo.... era un conejo! Estaba comiendo hierba. Se iba acercando hacía él, sigilosamente, sin hacer ningún ruido. Había perdiendo el tiempo con el gato, no le iba a pasar lo mismo. Cuando tuvo la mejor oportunidad, se avalanzó hacia el conejo.
- NOOO, soy un gato, soy un gato!.- dijo su presa.
- Yo no como gatos, como conejos. Y tú eres un conejo. Y vas a ser mi cena. – dijo el lince.
- Que si, que soy un gato. Mejor dicho, una gata.
- Eres un conejo. Pero ahora que te observó bien, eres muy grande. ¿Comes mucho, verdad? Los conejos no son tan grandes…
- Soy un gato, soy un gato. Créeme. Te lo voy a demostrar.
El pequeño felino demostró al lince que le decía la verdad, que era una gata. Para demostrárselo la gata aprovechando la luz de la luna, le enseñó sus afiladas uñas, le bufó como nunca lo había hecho, le enseñó su pelaje, que era de color lila pero lo que acabó de convencer al lince fueron sus ojos, esa penetrante mirada felina.
Sin duda, era una gata.
- Vete, me has hecho perder el tiempo.- dijo el lince.
- Gracias, querido lince. Estoy perdida y no encuentro a mi hermano. ¿Lo habrá visto usted? – dijo la linda gata.
- Si, tira por ese sendero, está durmiendo en la rama más alta del árbol más grande que encuentres.
La gata empezó a correr y a correr. Encontró el árbol más grande. Ahí estaba su hermano. Trepó hasta la rama más alta. Y se quedó dormida junta a él. Soñando con grandes comidas.
El lince, se había equivocado por segunda vez en aquella misma noche. No estaba agotado, estaba avergonzado.
Bajó al río a beber.
Mañana sería otro día.
Cuento "El lince y los gatos" escrito por Cristina Puig
Era pasada la tarde, desde el otro lado de la montaña se podía contemplar la bonita puesta de sol del atardecer.
El otoño dejaba caer sus hojas por el bello paisaje.
El lince bajó al río a beber agua, estaba sediento. Percibió, al otro lado del río, encima de unas ramas de un árbol una pareja de gorriones. Fingió no verlos ya que la sed pudo con él. Estuvo un buen rato bebiendo de la fresca agua. Cuando terminó, levantó la cabeza y ya no estaban.
Empezó su ruta como cada noche en busca de alimento. Era de noche. De lejos oyó un búho.
De repente, se detuvo. No estaba seguro pero le había parecido oír algo, no sabía el que. Se escondió en unos matorrales, inmóvil, esperó y cuando tuvo la mejor oportunidad se avalanzó sobre su presa.
- NOOO, soy un gato, soy un gato! – dijo su presa.
- Cómo? Yo no como gatos, como conejos. Y tú eres un conejo. Y vas a ser mi cena. – dijo el lince.
- Que si, que soy un gato. Soy un gato.
- Eres un conejo, sin duda. Tú silueta es muy gordita, tus patas son pequeñas y gordas y tú pelo, esponjoso, suave y de color azul. Sin duda, eres un conejo.
- Soy un gato soy un gato. Créeme. Te lo voy a demostrar.
El pequeño felino demostró al lince que le decía la verdad, que era un gato. Para demostrárselo le enseñó sus afiladas uñas, le bufó como nunca lo había hecho pero lo que acabó de convencer al lince fueron sus ojos, esa penetrante mirada felina.
Sin duda, era un gato.
- Vete. Me has hecho perder el tiempo. – dijo el Lince.
El gato saltó al árbol más grande que divisó, trepó, trepó hasta la rama más alta. Había tenido suerte. El lince se iba. Se tranquilizó y se quedó dormido, soñando en que cazaba ratones.
El lince se preguntaba como podía a ver caído en ese error. Confundir un conejo con un gato!
De repente, se detuvo.... era un conejo! Estaba comiendo hierba. Se iba acercando hacía él, sigilosamente, sin hacer ningún ruido. Había perdiendo el tiempo con el gato, no le iba a pasar lo mismo. Cuando tuvo la mejor oportunidad, se avalanzó hacia el conejo.
- NOOO, soy un gato, soy un gato!.- dijo su presa.
- Yo no como gatos, como conejos. Y tú eres un conejo. Y vas a ser mi cena. – dijo el lince.
- Que si, que soy un gato. Mejor dicho, una gata.
- Eres un conejo. Pero ahora que te observó bien, eres muy grande. ¿Comes mucho, verdad? Los conejos no son tan grandes…
- Soy un gato, soy un gato. Créeme. Te lo voy a demostrar.
El pequeño felino demostró al lince que le decía la verdad, que era una gata. Para demostrárselo la gata aprovechando la luz de la luna, le enseñó sus afiladas uñas, le bufó como nunca lo había hecho, le enseñó su pelaje, que era de color lila pero lo que acabó de convencer al lince fueron sus ojos, esa penetrante mirada felina.
Sin duda, era una gata.
- Vete, me has hecho perder el tiempo.- dijo el lince.
- Gracias, querido lince. Estoy perdida y no encuentro a mi hermano. ¿Lo habrá visto usted? – dijo la linda gata.
- Si, tira por ese sendero, está durmiendo en la rama más alta del árbol más grande que encuentres.
La gata empezó a correr y a correr. Encontró el árbol más grande. Ahí estaba su hermano. Trepó hasta la rama más alta. Y se quedó dormida junta a él. Soñando con grandes comidas.
El lince, se había equivocado por segunda vez en aquella misma noche. No estaba agotado, estaba avergonzado.
Bajó al río a beber.
Mañana sería otro día.
Cuento "El lince y los gatos" escrito por Cristina Puig



